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|Parque Disney|25 años del sueño fallido de Disney

|Parque Disney|25 años del sueño fallido de Disney

La empresa eligió París en lugar de la Comunitat porla baja densidad de población y la amenaza de ETA

Érase una vez una Comunitat que un día soñó con convertirse en el paraíso de todos los cuentos. Pero los padres de Blancanieves no mordieron la manzana cuando, hace ya casi 25 años, la Walt Disney Producctions sobrevoló el cielo valenciano en busca de un lugar donde construir la mansión del ratón más famoso del mundo y su séquito animado.

 
 

En 1985 el imperio del Pato Donald tenía dos opciones: España o París. La mayor inversión económica extranjera jamás realizada hasta la fecha (2.000 millones de dólares de la época) se iba a llamar Eurodisneylandia.
Tres zonas del Mediterráneo valenciano (Pego, Cabanes y Santa Pola) fueron arrastradas por el huracán mediático, junto al municipio tarraconense de Ametlla, y encendieron la maquinaria negociadora en las más altas esferas de aquella España de los ochenta.

 

Todos querían traerse a casa la cuarta Dineylandia del mundo y la primera de Europa. Los sueños de empresarios, vecinos y representantes podían convertirse en realidad. Pero aquella especie de Bienvenido Mister Marshall a lo Tío Gilito dejó a la Comunitat compuesta y sin dibujos.
Enrique Barón, el entonces ministro de Transportes, Turismo y Comunicaciones, vivió en primera línea aquel pulso histórico. «Viajé a Estados Unidos donde estuve con la dirección de Disney, visité Orlando, Washington y Los Ángeles. Nos lanzamos. Era una oportunidad única. Los americanos, que fueron muy amables, estaban bastante interesados y nuestra baza, sin duda, era el turismo», explica a LAS PROVINCIAS. Pero Francia «tenía un radio de acción de 300 kilómetros a la redonda con 40 millones de personas, una gran densidad demográfica» que abría la puerta a centroeuropa.
Disney estaba explorando «estas zonas del Mediterráneo en busca del lugar más idóneo. Realizó ese rastreo por tierra, mar y aire y estuvimos con ellos en esa tarea. Sabían muy bien lo que querían. No improvisaban en absoluto».
Incluso hay quien piensa que los norteamericanos utilizaron la baza española para apretar las tuercas a los franceses en una negociación en la que ambas candidaturas se jugaban mucho.
Para Joan Lerma, presidente de la Generalitat en aquel momento, la decisión «creo que la tenían bastante tomada. A mí siempre me dio la impresión de que los norteamericanos guardaban desde el principio una fijación por París muy especial».
Una llamada de Barón a Joan Lerma puso las cartas de la multinacional boca arriba. «La zona de Pego les gustaba especialmente porque se parecía al tipo de terreno donde se habían ubicado otros parques, pero esto habría sido la opción más complicada a nivel medioambiental», apunta Lerma.
Así fue como el buen clima, el turismo y la predisposición española no fueron suficientes para ganar el pulso al glamour francés, las sólidas comunicaciones galas y la densidad de población.
Ese ritmo descompasado se vio salpicado por la sombra de la amenaza terrorista. En 1985 ETA comenzaba una campaña del terror «contra el turismo de la costa mediterránea», tal y como informaba LAS PROVINCIAS el 30 de abril de ese mismo año. La balanza se desequilibró y París fue tocada por una varita mágica que desinfló la ilusión y las expectativas valencianas.
Un comunicado de Disneyland en Anaheim (California) anunciaba el 18 de diciembre que la región de Marne la Vallée, a 35 kilómetros de París, era el lugar escogido para un parque de atracciones que iba a generar 6.000 puestos de trabajo permanentes y 150.000 indirectos. La historia no tuvo un final de cuento de hadas, precisamente, y España intentó quitarse la espina clavada pocos años después con la construcción de Port Aventura en Tarragona, Isla Mágica en Sevilla después, la Warner de Madrid y Terra Mítica en Benidorm, una iniciativa que nació con dificultades y que en 2008 arrastraba 15 millones en pérdidas.
Tras casi dos décadas en pruebas, los parques temáticos repartidos por la geografía española no han recabado la respuesta que esperaban.
Y sus cifras siguen bajando. Vicente Flor, sociólogo y profesor en la Universitat de València, explica que la avanzadilla que tomaron los parques norteamericanos gestó una cultura del ocio «mucho antes que caló en el público pero que llegó tarde a Europa. En EE. UU. son productos de marca nacionales. Aquí no han sido el negocio que se esperaba y hoy la oferta lúdica es tremendamente abundante». La crisis y la caída del poder adquisitivo de la clase media europea en estos tiempos ha hecho el resto.
El volumen de visitantes «tiene que ser tan elevado al día que no se cubren expectativas y el sector infantil y familiar es importante pero insuficiente. Necesita del juvenil y este no acaba de funcionar del todo».
Y es que la realidad nada entiende de cuentos y la ilusión se mide, desde hace mucho, con una vara que el Tío Gilito conoce de maravilla: el dinero.
  1. leydi
    julio 23, 2010 a las 11:33 am

    nd k esta muy chevere

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